Las bibliotecas escolares en tiempos de crisis
Carmen Rodríguez Guerrero
Profesora de Educación Secundaria Institutos del Cardenal Cisneros y San Isidro de Madrid
Tiempos inciertos, de retos y contradicciones en los que, por una parte, los profesores consideramos que las bibliotecas escolares son espacios medulares para el éxito escolar tanto a nivel individual como social, y, por otra, nos encontramos que la realidad no se corresponde con nuestros deseos, el buen funcionamiento de estas bibliotecas es una de las asignaturas pendientes del sistema educativo español.
De forma reiterada se escuchan propósitos y discursos bienintencionados sobre la necesidad de integrar y dotar de forma permanente a las bibliotecas de las instituciones educativas, y, singularmente, esto ocurre cuando las evaluaciones internacionales no ofrecen los resultados deseados sobre la comprensión lectora competente de nuestros alumnos, es decir, cuando nuestro país no se encuentra entre los más destacados en rendimiento escolar. Pasada la tormenta, las bibliotecas escolares vuelven al olvido de las administraciones, de la prensa y de la sociedad.
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Bien es cierto que no podemos mostrar una panorámica
uniforme sobre el funcionamiento real de las bibliotecas
escolares en nuestro país, no existe un modelo homogéneo
sino un gran mosaico desordenado en el que destacamos
esfuerzos particulares, iniciativas aisladas y voluntarismos
que nos muestran diferentes grados de dinamización de
cada biblioteca en cada momento, diversidad que
se manifiesta desde el horario de apertura hasta la
organización de fondos disponibles, desde la dotación
económica hasta los diferentes grados de utilización
de los medios tecnológicos para su gestión, uso y difusión.
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Hemos de señalar que casi todos los institutos de secundaria disponen de bibliotecas con servicios de préstamo, de lectura y consulta, así como servicio de información, funciones estas prestadas por el profesorado. Sin embargo, los criterios para su organización son distintos en cada institución: pueden ser bibliotecas centralizadas, algunas funcionan en los departamentos didácticos e incluso en el aula y entre ellas puede existir un mayor o menor grado de coordinación, e incluso pueden llegarse a duplicar algunos fondos.
Biblioteca escolar del Instituto
del Cardenal Cisneros de Madrid
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Y, así viene ocurriendo desde hace más de 150 años, cuando la ley Moyano en 1857
dictaminó la creación de una biblioteca en todos los
institutos de educación secundaria. De esta manera,
desde los orígenes de nuestro sistema educativo se considera
a la biblioteca como un instrumento determinante en
el rendimiento escolar, es decir, la biblioteca está
vinculada al proceso de enseñanza-aprendizaje, pero
como un servicio complementario, o sea, sin dotación
económica, ni personal con formación y horario dedicado
a esta tarea.
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Las
bibliotecas en las instituciones educativas van
a nacer con dos rémoras que una y otra
vez emergen en su recorrido histórico:
marchan a merced de la voluntariedad del profesorado
y de la capacidad de los centros educativos para
conseguir y actualizar sus fondos bibliográficos.
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Ahora bien, en el último cuarto de siglo, en nuestro país hemos asistido a un número de cambios educativos muy superior a los ocurridos en la centuria anterior, cambios que han afectado sustancialmente a las bibliotecas escolares pues, al fin, hoy nadie duda que la lectura y el acceso a la información es uno de los ejes fundamentales sobre los que se asienta el aprendizaje, e incluso, como eficaz herramienta para el desarrollo de la personalidad, la formación de los valores cívicos y la socialización democrática en una edad tan importante como la adolescencia y la primera juventud.
Y, en este sentido, la propuesta más innovadora es la que integra la biblioteca en el proceso de enseñanza -aprendizaje, aquella que puede y quiere apoyar el desarrollo del currículo y convertirse en el verdadero centro de recursos educativos frente a la inercia tan extendida del uso casi exclusivo del libro de texto como fuente de información de los alumnos.
Así, si consideramos la biblioteca como un centro de información y documentación privilegiada posibilitamos la formación del alumno en el uso de técnicas de trabajo intelectual, en la capacidad de seleccionar información y expresarla por escrito y oralmente. De esta forma, aprender a usar la biblioteca y sus documentos es un aprendizaje de gran valor para el presente y para el futuro de nuestras vidas. En el presente porque permite adquirir las estrategias para aprender gradualmente de forma autónoma, porque poder seleccionar y usar la información nos convierte en actores principales de los propios aprendizajes y posibilita que a lo largo de nuestra vida continuemos formándonos en la medida que la sociedad del conocimiento y de la información nos va a exigir.
A ello se une que la sociedad van a requerir un servicio más a las bibliotecas:
ser compensadoras de las desigualdades sociales, educativas
y de acceso a la información. Uno de los retos de nuestro
sistema educativo es ofrecer una enseñanza de calidad
para todos y por ello debemos garantizar el acceso a
la formación pero también a la información de manera
equitativa. Además el continuo desarrollo tecnológico
ha modificado los modos de enseñar y aprender, la sociedad
digital ha planteado un nuevo reto a los docentes y
tímidamente comienzan a introducirse los recursos digitales
en las aulas, siempre con más voluntad que formación.
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Y, en este camino sin vuelta atrás, necesitamos dar
un paso más; las bibliotecas escolares no pueden
quedar al margen de los avances tecnológicos, la diferenciación
excluyente de estas sobre el resto de las bibliotecas
públicas ha de llegar a su fin.
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Para ello necesitamos
presupuesto económico suficiente para permitir la dotación
y renovación de libros y documentos multimedia, así
como facilitar el acceso a las informaciones en todos
los soportes y redes, fondos variados, espacios adecuados
y un bibliotecario con formación, estabilidad y tiempo
de dedicación suficiente.
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